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Agarras la empuñadura de la Espada del Sol y la sacas de su vaina de oro. De un golpe le cortas la lengua a la esfera. En vez de sangre, o lo que podría pasar por sangre en el cuerpo de esta horrible criatura, brota una llama chisporroteante. El cerebro deja de moverse y se queda flotando en el aire sobre la arena, mientras la llama quema implacablemente el delgado filamento de carne herida.
