Muerte en el Castillo

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Todo el corredor es sacudido por la violencia de una serie de erupciones que trituran con facilidad las rocas y el hierro. A tu alrededor, los esbirros de Zahda corren aterrados, gritando frenéticamente y tratando de escapar de Kazan-Oud.

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De las grietas del suelo brotan chorros de gas ardiendo. Tú corres, te arrastras, trepas y saltas por encima de los obstáculos que la agonizante fortaleza interpone en tu camino. Criaturas del laberinto han invadido esos niveles, aumentando el pánico, pues devoran a cualquiera que se les pone delante.

Recorre más de un kilómetro de ese corredor destruido antes de encontrar una escalera intacta, que asciende en espiral envuelta por el polvo y la oscuridad. Cuando pisas sus peldaños, las llamas te lamen los pies. Abajo, los gritos son apagados por el estruendo de las explosiones; encima de ti no ves más que tinieblas.

Estás a punto de desfallecer cuando de repente sales de la oscuridad a la luz del día. Cegado momentáneamente, vacilas y caes al suelo. Una vez que tus ojos se acostumbran a esa claridad, observas los muros agrietados del castillo y allá abajo las aguas relucientes del lago Khor.

Las murallas de la fortaleza se desmoronan rápidamente y una constante vibración agita el suelo. Sales corriendo por la ruinosa puerta principal mientras el poder agonizante de Kazan-Oud atrae rayos del cielo. Desde lo alto de una escalera medio derruida contemplas la costa del lago.

Si quieres descender al viejo malecón de piedra, pasa al 122.

Si prefieres dirigirte a la playa, pasa al 309.

Si decides lanzarte desde el acantilado al agua, pasa al 254.

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