Muerte en el Castillo

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Relámpagos zigzagueantes de viva luz verdosa y el retumbar de truenos distantes añaden su amenaza a la que para ti representan las torres y los altos muros de Kazan-Oud. Muchos de los tejados y torreones están en ruinas, dejando al descubierto vigas retorcidas y suelos y dando a la fortaleza un aspecto de abandono, como si hubiera sufrido un pavoroso incendio.

Al aproximarte a la pequeña bahía, escondida al abrigo de unos salientes rocosos en forma de herradura, atrae tu mirada el resplandor de diminutas luces rojas que se mueven entre las sombras al pie de los muros de la fortaleza. Descubres una pequeña concavidad entre un grupo de peñascos cerca de la costa, que ofrece un lugar ideal donde esconder el bote. Silenciosamente desembarcas y arrastras el bote por la playa hasta las rocas. Un instante después te detienen en seco unos chillidos amortiguados. Un sudor frío te recorre la frente cuando un relámpago te muestra unas hileras de ojillos rojos en la arena. Son ratas, cada una de ellas del tamaño de un perrillo, pero famélicas y muertas de hambre, que se deslizan hacia ti como un torrente de negras aguas.

Con el corazón latiéndote desenfrenadamente, buscas la manera de escapar de esa horda de roedores hambrientos, dispuestos a devorarte.

Si quieres trepar por las rocas y escapar a través de una playa desierta, pasa al 336.

Si deseas arrastrar de nuevo el bote hasta el lago y alejarte en él de la bahía, pasa al 117.

Si prefieres quedarle donde estás y luchar con las ratas gigantes que se precipitan sobre ti, pasa al 45.

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