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Reconoces los síntomas de la takadea, o «enfermedad de la cárcel», como es llamada comúnmente en tu país. Te acercas al tembloroso hombre e intentas tranquilizarle diciéndole que no vas a hacerle ningún daño y que, si confía en ti, puedes ayudarle. Poniéndole tus manos sobre los ojos, infundes el poder curativo de tu Disciplina del Magnakai en su cuerpo enfermo, concentrando tu energía para remediar los terribles efectos de la enfermedad. Cuando retiras tus manos, sus ojos ya no están opacos, sino transparentes y brillantes como los de un gato.
-¡Veo! -dice asombrado con voz quebrada por la emoción-. ¿Cómo puedo pagarte por este milagro?
Antes de que puedas responder, suenan pisadas presurosas en el corredor exterior.
-Sígueme -te dice poniéndose en pie de un salto-. Si los guardias de Zahda te encuentran aquí, nos matarán a los dos.
