Muerte en el Castillo

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Cuando recobras el conocimiento, la escena que ves es tan asombrosa que no dudas de que estás soñando. Te encuentras en una enorme sala circular de resplandeciente mármol cuyas gradas ascienden como las de un gigantesco anfiteatro. El centro lo ocupa un gran foso del que se alza un pináculo de hierro lamido por crepitantes llamas. Las gradas están abarrotadas por filas de encapuchados que te miran fijamente. Sus ojos parecen brasas que resaltan en la sombra de las capuchas. Oyes sus risas burlonas y el picor de la piel te sirve de funesta premonición.

A lo lejos retumba un gran gong. Los encapuchados entonan un lúgubre canto. Sientes el apremiante impulso de salir corriendo de ese lugar, pero estás encadenado por las muñecas a una argolla de bronce sujeta a la pared sobre tu cabeza.

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-¡Que comience el juicio! -ordena una poderosa voz que resuena en la sala.

A una, los encapuchados se levantan de sus asientos mientras un rayo de luz desciende sobre el pináculo, iluminando el perfil de un hombre, macilento y de pelo blanco, que está sentado en un trono de reluciente oro macizo. Sobre su cabeza están suspendidos en el aire dos cristales: uno, transparente como un diamante pulido; el otro, negro como una tumba. Entre ambos circula un arco de energía vibrante, cuya luz azulada proyecta un resplandor fantasmal sobre el rostro del señor.

-Intruso -te dice éste con voz suave, pero escalofriante-, has venido a Kazan-Oud con propósitos asesinos. ¿No te han prometido los cobardes de Elzian una recompensa por mi destrucción?

De las gradas se eleva un murmullo de desaprobación, ahogando cualquier respuesta que puedas aducir en tu defensa. El señor se levanta lentamente del trono y se vuelve hacia sus ministros, con las manos extendidas como para recibir su adulación. Los murmullos de repulsa crecen en intensidad. El cristal transparente que pende sobre el trono atrae tu mirada. En un chispazo de clarividencia reconoces en él el objetivo de tu misión: ¡ahí está la Piedra de la Ciencia de Herdos!

-¿Vuestro veredicto, hijos míos? -grita el hombre de ojos feroces con voz áspera y airada.

-Culpable, Lord Zahda -replica en un alarido la multitud.

-¿La sentencia? -vuelve a preguntar su señor.

-¡El laberinto! -vociferan-. ¡El laberinto!

Si posees la Espada del Sol, pasa al 335.

Si no posees este objeto especial, pasa al 264.

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