Muerte en el Castillo

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Lo primero que notas en el guerrero es la ausencia de heridas: su armadura no presenta cortes hechos por espada ni agujeros causados por flechas. Si no fuera por el inconfundible hedor de la muerte, creerías que está durmiendo. Das la vuelta al cadáver para verle la cara y retrocedes aterrado ante lo que descubres. Al rostro le faltan los ojos, que han dejado dos horribles cuencas vacías; la lengua, negra e hinchada, le cuelga fuera de la boca y por los bordes de ésta rezuma un denso fluido verdoso. Con el estómago revuelto abandonas el cadáver y te introduces por el pasadizo secreto.

Pasa al 11.

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