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Tu arma se hunde profundamente en la carne del dakomyd, que tiembla y se adhiere como gelatina, despidiendo un apestoso olor a podrido. El monstruo retrocede tambaleándose y su sangre te salpica un brazo, corroyendo tu jubón y abrasándote la piel. Tu arma se desintegra, consumida por la sangre. Antes de que puedas arrancártela, una garra afilada te desgarra el cuello causándote la muerte.
Tu vida y tu búsqueda acaban así en la cripta de la catedral de Tekaro.
