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Al cabalgar hacia el oeste a lo largo de una ancha avenida de desgastados ladrillos, contemplas diversos aspectos de la magnifica ciudad a esas horas tempranas de la mañana. Se abren contraventanas y los varettianos despiertan al nuevo día. El aire lleva hasta ti olor a desayunos y a jala recién molida.
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En el centro de la ciudad cruzas una plaza pavimentada con losas de cerámica y atraviesas un arco de piedra verde pulimentada. Palacios majestuosos y edificios públicos ceden luego el paso a antiguas tiendas y a un parque lleno de brillantes flores de enormes hojas rojas, amarillas y rosas. Al otro lado del parque una calle cubierta de grava blanca conduce a una torre fortificada, la más alta de la ciudad. Es la Torre del Rey y se halla a la entrada de la calle del Latón.
Percibes el sonido de agua burbujeante y suaves cantos. Por la tranquila calle pasean en silencio unos viejos que van vestidos con túnicas marrones y se cubren la cabeza con capuchas. Atraviesas un arco y penetras en el patio interior de un gran edificio, sede del saber. De repente un estremecimiento te recorre la espina dorsal: presientes que te encuentras cerca de tu meta.
En la puerta del edificio hay un letrero que indica la situación de tres cámaras: el observatorio, la biblioteca y la capilla.
Si deseas explorar el observatorio, pasa al 127.
Si quieres investigar la biblioteca, pasa al 21.
Si prefieres examinar la capilla, pasa al 320.

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