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La flecha da en el blanco, pero no penetra a través de la espesa plancha de metal de la armadura que protege la espalda del guerrero. Observas con consternación cómo la flecha rebota y desaparece por encima del parapeto del puente.
Sin más tardanza te echas el arco al hombro y montas en tu caballo para perseguir a los secuestradores antes de que los pierdas de vista.
