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Galopando por el dédalo de retorcidas calles y oscuros callejones, pronto te alejas de cualquier peligro inminente. Te detienes en una pequeña plaza para dejar que tu caballo beba en un abrevadero que hay junto a un estrecho arco de piedra. Mientras el animal sacia su sed, contemplas el ir y venir de la gente y oyes las canciones de los borrachos que resuenan en las cantinas que bordean la plaza. De una de ellas salen un par de sujetos pendencieros que se atacan uno a otro con cuchillos y botellas, incitados por otros compinches que hacen apuestas sobre el resultado de la pelea. Esta pronto se generaliza y decides alejarte antes de verte envuelto en ella.
