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-¿Qué... qué... qué desea usted? -chilla el comerciante agachado detrás de la mesa.
Sus modales altaneros han desaparecido juntamente con las vidas de sus guardaespaldas y ahora tiembla de miedo.
Apartas la mesa de un empujón, le agarras por las solapas y le obligas a ponerse en pie.
-Tranquilícese, amigo. Sólo deseo saber cómo puedo ir a la calle del Latón -le dices riéndote.
El comerciante te mira incrédulo. Está pálido y sudoroso.
-¿Cómo... cómo... cómo puede ir a la calle del Latón? -balbucea-. Claro, claro..., se lo mostraré.
El hombrecillo aterrado saca un pedazo de pergamino y apresuradamente dibuja en él un tosco plano con la situación de la calle de Latón. Ves que se halla en el otro extremo de la ciudad, cerca de la muralla occidental. Agarras el pergamino de sus dedos temblorosos, le das las buenas noches y cruzas por encima de los cadáveres de los guardias. Oyes un golpe repentino: el comerciante se ha desmayado.
