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Te sumerges en el agua pútrida, armándote de valor para nadar en tan repugnante líquido. La espuma aceitosa te cubre la nariz y la boca produciéndote arcadas. Cruzas la cloaca hasta el túnel opuesto y te encaramas a una estrecha pasarela. Estás temblando, pero no es la conmoción del «baño» la que te hace estremecer. No puedes mover el brazo. El hombro herido por la reja de la trampilla cuando te cayó encima te causa dolorosas punzadas y el brazo entero está entumecido e inservible. Te invade un sentimiento de horror al descubrir lo que te ocurre.
