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Banedon baja su vara y la mueca de una sonrisa se dibuja en su rostro atormentado por el dolor.
-¡Ay, Lobo Solitario, he sido demasiado lento para defenderme! -dice mirándose el brazo.
Te arrodillas a su lado y arrancas la lanza que le tiene clavado al suelo. La herida es grave: rápidamente contienes la hemorragia vendándola con unas tiras de tela que rasgas de su túnica de color azul oscuro. Reconoces esa túnica: es el atavío de un Maestro Oficial. Al parecer el joven Banedon ha alcanzado esa distinción entre sus hermanos magos desde la última vez que te encontraste con él.
-Parece que estamos predestinados a encontrarnos en su compañía -dice observando aún con inquietud a los jinetes de los kraans-. Ayúdame a ponerme en pie. Tenemos que escapar antes de que nos arrojen del cielo.
Sostienes al mago mientras agarra el timón del barco, una esfera de cristal radiante con cientos de relucientes facetas, unida a una fina barra de plata. En el mismo instante en que sus manos rodean la esfera suena una tremenda explosión.
