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Aplastándote contra el húmedo suelo, contienes la respiración y rezas para no ser descubierto cuando el vordak se acerca. Este extiende su brazo huesudo y con un dedo esquelético señala la exuberante maleza a ambos lados del sendero. Sientes que el vordak está utilizando su fuerza mental para localizar tu escondite. Cuando su dedo apunta en tu dirección, una oleada de dolor recorre todo tu cuerpo. Estás a punto de chillar, pero de pronto el dolor cesa: no has sido descubierto. El dedo pasa de largo y el enemigo continúa la busca por el sendero.
