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Esperas nervioso la oportunidad de saltar hacia adelante y abrir la puerta, pero cada vez son más numerosos los dardos de ballesta que rebotan contra la pared y el parapeto. De repente, el sonido de pies que corren te hace estremecer: los drakkarim suben en tromba la escalera. ¡Ahora o nunca!
Das un salto y corres hacia la puerta, agarrando con temblorosos dedos el cerrojo de hierro. Mientras forcejeas para descorrerlo, sientes en la espalda un dolor desgarrador: has sido herido. Otro dardo se clava profundamente en tu hombro y te lanza contra la puerta.
Cuando la oscuridad te nubla los ojos, ya no te das cuenta de que los Drakkarim se abalanzan sobre ti con las negras espadas levantadas, listas para asestarte el golpe mortal. Sus hojas se hunden en tu carne, pero no sientes nada: estás muerto.
Tu vida y las esperanzas de Sommerlund encuentran aquí un trágico final.
