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Al otro lado de la puerta hay un corredor abovedado que conduce a una magnífica escalinata. Evitas por poco enfrentarte a una docena de Drakkarim, salvándote tus rápidos reflejos. Cuando el enemigo sale con precipitación de un arco del segundo rellano, te escondes a toda prisa detrás de una estatua del recientemente fallecido Zakhan Moudalla. Los Drakkarim están tan absortos en darte caza que no descubren tu escondite y descienden velozmente la escalera, gruñendo bajo sus pesadas armaduras. En silencio das las gracias al Zakhan Moudalla por ser un hombre robusto, gracias a lo cual su estatua arroja una sombra muy grande en la que ocultarse.
En lo alto de la escalera descubres una claraboya que da acceso al tejado. Te encaramas por ella y caminas sobre tejas abrasadas por el sol, entre cúpulas y torreones, hasta que llegas a un campanario.
Estás agotado y necesitas descansar. Sigues bajo la impresión que te ha producido el encuentro con el señor de la Oscuridad Haakon. El sonido de su terrible voz repitiendo las palabras «El Libro del Magnakai» resuena una y otra vez en tu mente.
La desesperación te mina la fuerza de voluntad mientras contemplas el panorama a través de una reja del campanario. Lo que ves reanima tu vacilante esperanza, pues te inspira un osado plan de fuga.
