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Estremeciéndote de dolor por la herida que has recibido, tiras de las riendas y obligas al itikar a volar más alto. El drakkar está ahora a más de treinta metros debajo de ti, pero hace girar al aullante kraan dispuesto a atacarte de nuevo.
Enfilas hacia el sur para evitar ser atrapado entre los dos convergentes escuadrones de jinetes a lomos de los kraans. Tú repentino cambio de dirección aumenta la distancia que te separa de tus perseguidores, pero tu montura alada ha sido malherida y tú estás a punto de desesperar. El itikar pierde tanta sangre que en cualquier momento puede quedar inconsciente y tirarte como una piedra sobre la superficie del lago Inrahim.
De repente divisas algo a lo lejos. Es una visión que renueva tu fe en milagros.
