El Desierto de las Sombras

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Al desenvainar la Espada del Sol, una intensa llama dorada recorre su hoja. El vordak grita aterrado y sus huesudos dedos bañados en sangre empuñan una maza de hierro que lleva colgada del cinturón. Levanta la maza para parar tu golpe, pero la Espada del Sol hiende el hierro dejando tras sí una llamarada azul. Golpeas de nuevo describiendo con la dorada hoja un gran arco. La hoja hiere al vordak en el cuello y luego le corta en diagonal el espectral cuerpo desde la clavícula hasta la cadera. Un nauseabundo olor a ácido te sofoca al hacer erupción debajo de la roja vestimenta una fuente de verde cieno. El vordak se desploma en el vacío perdiéndose de vista: su cadáver en disolución silba al caer dando vueltas hacia el lago Inrahim.

Envainas la espada, agarras las riendas y tratas de dirigir a tu herida cabalgadura. Has matado al vordak, pero aún no has ganado la batalla. El itikar está perdiendo muchísima sangre y puede quedar inconsciente de un momento a otro y precipitarse como una piedra desde lo alto.

De repente divisas algo a lo lejos. Es una visión que renueva tu fe en milagros.

Pasa al 221.

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