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Te agachas mientras esperas la oportunidad de saltar hacia adelante y abrir la puerta. Cada vez más dardos de ballesta rebotan contra la pared y el parapeto. El ruido de botas con herrajes te hace estremecer: los Drakkarim suben precipitadamente la escalera. ¡O ahora o nunca!
Saltas y corres hacia la puerta, agarrando con dedos temblorosos el cerrojo de hierro. Un proyectil con punta de acero arranca esquirlas de piedra a pocos milímetros de tu mano, otro rebota y te causa una cortadura encima de un ojo. En cuanto descorres el cerrojo lo suficiente, abres de un empujón la puerta de piedra y entras corriendo por ella, sin saber lo que hay al otro lado.
