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El dardo se clava en tu pecho. Lo arrancas, pero una oleada de náuseas te hace caer de rodillas. La punta del proyectil está envenenada y no puedes luchar contra la oscuridad que te impide la visión.

El dardo se clava en tu pecho. Lo arrancas, pero una oleada de náuseas te hace caer de rodillas. La punta del proyectil está envenenada y no puedes luchar contra la oscuridad que te impide la visión.
Copyright del texto © 1985 Joe Dever.
Copyright de las ilustraciones © 1985 Gary Chalk.