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Llegas sin ser visto a la puerta del Vizu-diar, pero descubres que ésta se halla cerrada con cerrojo por dentro. Estás a punto de maldecir tu mala suerte cuando reparas en una ventanilla situada en un panel primorosamente tallado encima del puerta. Su contraventana de hierro permanece abierta.
A pesar de tu brazo herido logras trepar por la puerta claveteada y a través de la ventanilla te dejas caer en la silenciosa sala de trofeos. Una horripilante colección de cabezas disecadas recubre las paredes de esta cámara privada. La mayor parte de ellas pertenecen a reptiles, recuerdos de las expediciones imperiales de caza en el Gran Desierto. Pero lo que es más espantoso, entre estos trofeos de animales hay también cabezas humanas. Son el salvaje botín de guerra, las cabezas de los jefes enemigos muertos en batalla en las innumerables contiendas sostenidas por Vassagonia.
Abandonas a toda prisa el Vizu-diar y sigues por un largo corredor de mármol en cuyas paredes hay incrustadas vetas de oro y perlas. El corredor conduce a un gran salón donde guardias de Palacio y cortesanos con lujosas vestimentas pasean de un lado a otro. Una columnata de estatuas te proporciona la cobertura necesaria para alcanzar sin ser visto la escalera que hay en el otro extremo del salón. Sigilosamente subes los escalones y llegas a un distribuidor de donde arrancan dos pasillos, uno en dirección este y otro en dirección oeste. Al fondo de cada uno de ellos divisas sendas puertas con un símbolo grabado en la pared de encima. El símbolo sobre la puerta oriental representa un mortero y una mano de almirez; el símbolo sobre la puerta occidental, un libro abierto.
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Si deseas examinar la puerta oriental, pasa al 57.
Si deseas examinar la puerta occidental, pasa al 100

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