120
La daga silba por el aire y va a clavarse en tu pecho. El súbito dolor te hace lanzar un grito entrecortado mientras, impulsado por el pánico, agarras con manos temblorosas el mango de la daga para extraer la hoja mortífera. Cuando retrocedes tambaleándote, el guardia se lanza hacia ti. Una sonrisa de triunfo aparece en su feo rostro. Te arrancas la daga del pecho y la vuelves contra el guardia que se abalanza sobre ti. Tu enemigo advierte el peligro, pero demasiado tarde: la hoja le ha atravesado el corazón.
