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Un arriesgado plan se te pasa por la cabeza. Sacas el Medallón de Ónice del bolsillo y te acercas con largas zancadas hacia los bandidos. Están tan ajetreados, charlando unos con otros, que al principio no te ven. Tu aparición les deja repentinamente perplejos. Entonces pones en marcha tu plan; les echas un rapapolvo por su vagancia y les amenazas con contárselo al mismísimo Barraka. En cuanto ven el Medallón de Ónice, incluso podrías decir que oyes el vuelco que les da el corazón. Con agitación, cierran filas y se ponen firmes, aguardando tus órdenes. Los diriges hacia el bosque, cosa que hacen con gran rapidez, mientras tú sigues adelante en el sentido opuesto, apresurándote, no sea que se den cuenta del engaño.
