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Desenvainas la espada justo a tiempo de salvarte. El mortífero disco queda cortado en dos limpias mitades nada más tocar el dorado filo de tu espada; los dos semicírculos de acero pasan a escasos milímetros de cada una de tus mejillas. Te apartas rodando del carromato y a la carrera te metes por un estrecho callejón que desemboca en una espesa arboleda. Nada más entrar en ella oyes a tus espaldas los gritos de alarma de los bandidos, que te siguen de cerca.
Si decides avanzar hacia el sur, pasa al 123.
Si optas por cambiar de dirección y adentrarte hacia el oeste, pasa al 169.
