286
Aguardas conteniendo la respiración mientras una hilera de hombres extenuados y harapientos pasa rozando tu escondrijo. Una escolta de bandidos los empuja hacia adelante, sin dudar en descargar el látigo sobre cualquiera que se rezague lo más mínimo. Ves cómo obligan a cada uno de ellos a hacerse cargo de una vagoneta y a empujarla por el túnel, en la misma dirección de la que venían. No tardan en desaparecer de tu vista.
Esperas, y cuando estás por fin seguro de que no hay moros en la costa, sigues adelante, con sumo cuidado de permanecer a salvo, escondido en la sombra. Por fin llegas a un punto en el que el túnel sale a la luz del sol. Ves, a tu izquierda, una arboleda que no está lejos de la boca de la mina; allí al lado hay un terraplén al que van a dar los raíles, y abajo se eleva un montón de mineral. Los hombres y los guardas se encuentran allí, pero ninguno de ellos alcanza a verte, pues corres a la velocidad del rayo hacia la arboleda. Todo lo que te permites es una breve pausa para recobrar el aliento antes de proseguir por el bosque en dirección a Ruanon.
