El Abismo Maldito

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El cerrojo está oxidado, pero consigues finalmente forzarlo y abrir la puerta. Entráis en un pasadizo que desciende a otro nivel, situado a unos cincuenta metros de la entrada. Ordenas a tus hombres que sigan mientras te afanas en asegurar la puerta. Te exige un gran esfuerzo, pero al final oyes el «clic» del cierre: el eco, no obstante, es un «clic» más lejano y más sonoro. Acaba de accionarse una trampa. El suelo cede en medio del pasadizo y todos tus hombres se precipitan al vacío gritando aterrorizados. El miedo te atenaza la garganta; echas a correr y miras por el negro agujero. Las paredes son lisas; la profundidad... imposible saberlo. Un frío golpe de viento te da en la cara; el misterioso murmullo del viento allá, al fondo del abismo, es todo lo que recoge tu ansiosa mirada. Con el corazón encogido, dedicas un último adiós a tus hombres perdidos y te diriges con paso firme hacia la puerta.

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