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Saltas de la vagoneta como impulsado por un resorte y echas a correr hacia una espesa arboleda que está a menos de veinte metros de los raíles. La suerte te acompaña, pues los guardias no llegan a ver tu arriesgada carrera, y las vagonetas siguen su camino hacia el terraplén.
Te detienes el tiempo justo para recobrar el aliento, das las gracias al hombre que te ha ayudado y prosigues tu camino a través del bosque.
