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Estás a menos de dos metros de la puerta cuando un bandido entra por ella. Instintivamente, te haces a un lado, pero no te da tiempo a esquivar la puntiaguda alabarda que lleva. El acero, helado, se te incrusta en el pecho y te quedas contemplando impotente cómo fluye la sangre y te inunda el dolor. La herida es fatal; morirás en breves segundos.
Aquí terminan tu vida y tu aventura.
