El Abismo Maldito

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El extremo de una de las lanzas te ha rozado el antebrazo. No es más que un rasguño; sin embargo, el brazo se te ha adormecido y no responde a tus deseos. Devuelves el golpe a tu asaltante, confiando terminar con él mientras se retira. Pero tu mandoble es débil y no va bien dirigido. La vista se te nubla; eres incapaz de coordinar tus movimientos. Un terror ciego te engulle, pues de pronto caes en la cuenta de que los bandidos utilizan armas envenenadas.

Una lanza te alcanza bajo el brazo y otra más se te hinca en el pecho. A medida que la oscuridad te absorbe, la última visión es la que te ofrecen las muecas de triunfo de tus asesinos al acabar contigo.

Tu vida y tu aventura terminan aquí.

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