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El bandido cae al agua y desaparece de la vista, arrastrado por la corriente. Saltas de una piedra a otra en persecución de los dos bandidos que han sobrevivido a vuestra emboscada; huyen hacia el otro extremo para alertar a los otros guerreros que custodian la carreta. En cuanto éstos aparecen, ves horrorizado que van provistos de arcos: apuntan hacia tus soldados con mortífera puntería.
Cuando les gritas para advertirles, una flecha de hierro te roza la cabeza y te derriba, de espaldas, sobre las oscuras y rápidas aguas del río Xane.
