El Abismo Maldito

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Abres la puerta de golpe y entras. Por desgracia, no es el actor quien tienes delante, sino una mujer joven que estaba dándose un baño. Tras unos segundos de silencio y aturdimiento, la mujer empieza a gritar tan fuerte como puede, callando nada más para arrojarte todos los objetos que tiene a mano. En medio de una lluvia de cepillos, peines, espejos y palabrotas sales de la carreta y a tus espaldas se cierra firmemente la puerta. Una vez fuera ves cierto número de personas congregadas a causa del jaleo; ninguna de ella habla ni entiende la lengua de Sommerlund. Así pues, es imposible explicarles tu inocencia y, enfrentado a sus rostros pétreos, te ves obligado a abandonar la búsqueda del actor huido.

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