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De pronto te das cuenta que llevas una Efigie de este horrible ser. La sacas de tu bolsillo y te apresuras a levantarla ante él. Entonces comienza a brillar con una extraña iridiscencia que parece hipnotizar al monstruo. Vonotar ha perdido el control del ser, que te obedece ahora a ti. Comprendiendo que se halla perdido, el mago se aparta del foso. Loi-Kymar se acerca a ti, sin aliento, y trata de decirte algo.
-¡Utilízale, Lobo Solitario! ¡Envíale contra Vonotar!
Ordenas al monstruo que capture a Vonotar y que le inmovilice, y él te obedece al instante. El traidor grita de terror y cae sin sentido, mientras los viscosos tentáculos se cierran en torno a su cuerpo. Observas que Loi-Kymar arroja al foso un puñado de hierbas reducidas a polvo. Segundos después, una masa de enredaderas y plantas trepadoras brota del mismo formando un puente hasta el trono del Brumalmarc. Cruzáis por él y, al llegar al otro lado, ordenas al ser que suelte a Vonotar y regrese al foso. Obedece y se desliza hacia las sombras. Los bloques de cristal vuelven a elevarse lentamente.
-Átale, Lobo Solitario -grita Loi-Kymar, buscando su Cruz del Gremio.
-Y asegúrate de que no se queda con ninguna sortija o amuleto. Es maestro en trucos. No nos gustaría que se perdiera el recibimiento que los sommerlundeses le dispensarán sin duda.
Sigues las instrucciones de Loi-Kymar y te aseguras de que Vonotar queda bien atado.
-¡Ah! ¡Aquí esta! -grita al fin el mago con aire triunfante al encontrar su Cruz del Gremio entre una maraña de enredaderas al pie del trono. Arde en deseos de irse, así que le das las gracias por su ayuda y le pasas tu mapa de Kalte, indicándole el lugar donde se halla el Cardonal.
-No lo necesito -responde-. Los mapas siempre se equivocan; prefiero confiar en mi propio sentido de la orientación.
Loi-Kimar levanta su Cruz del Gremio y un rayo de luz cegadora surge de su extremo. Describe tres grandes círculos en el aire y el salón del trono del Brumalmarc se convierte en un caleidoscopio de color.
