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Antes de que transcurran diez minutos, tus manos y tus pies se hallan congelados. Sobre esta pared rocosa, expuesta a los elementos, los vientos helados soplan con frecuencia a más de ciento cincuenta kilómetros por hora. Aguantas todavía otra media hora, pero el frío puede al final contigo: pierdes el sentido y te precipitas hacia tu muerte desde una altura de novecientos metros.
Tu misión y tu vida acaban aquí.
