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Has recorrido menos de veinte metros cuando llegas al pie de otra escalera. Asciendes por ella y, al llegar a lo alto, adviertes a lo lejos una débil luz que ilumina el sucio suelo del nuevo túnel. Es otra abertura. Al mirar a través de ella, ves a un viejo acurrucado en un rincón de una celda, cinco o seis metros más abajo. Sus cabellos se halan enmarañados y la suciedad incrustada en sus ropas azules casi ha borrado las medias lunas y las estrellas bordadas en el tejido.
Si deseas llamar al viejo, pasa al 247.
Si prefieres proseguir tu camino por el corredor, pasa al 30.
