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Caes más de diez metros antes de aterrizar sobre tu espalda, en el fondo de la grieta, encima de un montón de nieve. Te hallas rodeado de puntiagudas estalagmitas y afilados trozos de hielo, pero, milagrosamente, has resultado ileso. Maltrecho, pero contento de hallarte vivo, consigues levantarte apoyándote en una estalagmita. Entonces te das cuenta de que ves tus manos perfectamente: una débil luz se filtra por una grieta a tu izquierda. Tu curiosidad es mayor que tu prudencia y saltas sobre la grieta del suelo para explorar esa misteriosa cueva.
