Las Cavernas de Kalte

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Los siguientes dos días constituyen un verdadero infierno. Tropezáis continuamente con montones de hielo resquebrajado que os cierran el paso y os veis forzados a cruzar por encima de ellos desmontando de los trineos y empujando a estos. El avance es lento. Los perros kanu se hallan nerviosos y se asustan de la menor cosa, y los trineos se vuelcan a cada paso desparramándose su carga por el suelo.

Una cortina de nieve helada reduce vuestra visión. En dos ocasiones, Fenor e Irian caen en una grieta, pero afortunadamente lográis sacarlos de ella con vuestras cuerdas de seguridad. A continuación, tu trineo sufre la misma suerte. Dyce se ofrece voluntario para descender por la grieta atado a una cuerda, y ha de descargar el trineo caído para poder izarlo. Tras dos horas de agotadores esfuerzos, conseguís subir el trineo, pero descubrís entonces que ha quedado inservible y tendréis que abandonarlo.

Una tempestad se levanta enseguida por el oeste, soplando con tal fuerza que os resulta difícil manteneros en pie. Unos minutos más tarde, las condiciones meteorológicas se han vuelto tan malas, que os veis obligados a deteneros, montar las tiendas y esperar a que pase la tormenta. Durante horas, el viento implacable zarandea la tienda. Y mientras te dejas invadir por el sueño, te preguntas que os deparará la mañana. No sospechas lo más mínimo el sorprendente espectáculo que te aguarda.

Pasa al 117.

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