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Declinando el ofrecimiento de Irian, regresas a la tienda. Mientras tanto, los otros guías, después de felicitarte, salen de la tienda y se unen a Irian. Con estupor, les ves meter también sus manos en la grasa del Baknar y untar con ella sus cuerpos.
Esa noche no consigues dormir, pero al fin lo logras taponándote las narices con algodón. A tus guías no parece molestarles lo más mínimo el repugnante olor.
