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Los marineros borrachos se ríen a carcajadas y el dinero cambia de manos al pagarse las apuestas. Observas que tu adversario hace una seña a dos de sus secuaces, que se acercan hacia ti. Sin dudar un instante te levantas de la mesa de un salto y das un puñetazo en la cara al marinero con tal fuerza que se tambalea hacia atrás chocando con sus sorprendidos amigos. Les dejas tendidos en el suelo, amontonados unos sobre otros.
Cuando intentas salir por la puerta del mesón, un repugnante marinero saca la espada y te cierra el paso. Pero antes de que tengas oportunidad de hacer algo, se oye un golpe sordo y el marinero cae de rodillas. Detrás de él está la camarera con un gran rodillo de madera en la mano, sonriéndote. Le das las gracias con un guiño y sales corriendo del mesón a la oscura calle.
Después de correr a ciegas durante largos minutos, descubres en la oscuridad delante de ti una cuadra y estación de diligencias. Con los gritos de los enfurecidos marineros resonando aún en tus oídos, te acercas al edificio y trepas por una escala a un pajar, donde te escondes y pasas a salvo la noche.
