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Agarras un vaso de cerveza y lo rompes golpeándolo contra el borde de la mesa. El cristal del vaso roto corta como una navaja. Con él te haces un gran corte en el dorso de la mano izquierda, que en seguida empieza a sangrar. Te cubres la herida con la mano derecha y te concentras: sientes el calor de tu poder curativo que sana la herida. Cuando apartas la mano derecha, no queda ninguna huella o cicatriz de la cortadura. El marinero te mira asombrado.
