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Te tiras en plancha entre unos matorrales justo a tiempo, pues una lluvia de negras flechas procedente de un grupo de árboles acribilla el lugar donde tú estabas unos segundos antes. Cubriéndote con tu capa para confundirte con los espesos arbustos, corres por el bosque como alma que lleva el diablo, tratando de huir lo más rápidamente posible de los hombres emboscados. Toda la zona está infestada de giaks y debes escapar a la mayor velocidad. Continúas corriendo sin descansar durante más de una hora hasta que encuentras un camino forestal bastante recto que conduce hacia el este. Sigues por ese camino, atento a cualquier señal que pueda revelarte la presencia de enemigos.
