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Sobresaltado, te das la vuelta y ves a un fornido sargento y a dos soldados que corren hacia ti blandiendo sus espadas.
Te aprestas a defenderte, pues parece que ellos están dispuestos a atacar primero y preguntar después. Pero de repente el sargento ordena a sus hombres que se detengan. Ha reconocido tu capa. Enfundan las espadas y te piden disculpas por su equivocación. El sargento manda a uno de sus hombres a buscar al capitán de la Guardia mientras te conduce hacia la puerta del Gran Salón.
Allí te recibe un apuesto guerrero que escucha atentamente tu relato. Al acabar la narración de tu peligroso viaje a la capital, observas lágrimas en los ojos del valiente guerrero, quien te ruega que le sigas. Atraviesas espléndidos salones y corredores dentro del palacio. Su riqueza y grandiosidad admiran al que los contempla. En esto llegáis ante una gran puerta labrada, delante de la cual hacen guardia dos soldados con armaduras de plata.
Estás a punto de ver al Rey.
