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Parece como si el cielo no escuchara tus plegarias. Una lanza pasa rozándote la cabeza y va a clavarse en el pescuezo de tu caballo. Lanzando un aullido de dolor, éste vuelca hacia adelante y los dos rodáis por el suelo, enredados en informe montón.
Aturdido e inmovilizado por el peso del caballo muerto, lo último que recuerdas son las agudas y penetrantes puntas de las lanzas giaks.
Has fracasado en tu misión.
