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Te resulta fácil trepar a ese árbol. Te recuerda los muchos árboles a los que trepabas y explorabas de niño en las cercanías de Toran cuando querías arrancar fruta o contemplar desde lo alto el bello paisaje de Sommerlund.
Empujas la puerta de la casita y la abres. En un rincón de la pequeña cabaña está acurrucado un viejo ermitaño. En su rostro descubres un gesto de gran alivio cuando reconoce tu verde capa del Kai. Te dice que toda aquella zona está infestada de giaks y que ha podido contar más de cuarenta kraans que han pasado volando sobre su cabaña en las últimas tres horas. Se dirigían hacia el este.
El anciano se acerca a un aparador y vuelve con una bandeja llena de fruta fresca. Le das las gracias y guardas la fruta en tu mochila. Hay suficiente para una comida. El ermitaño saca también un magnífico Martillo de guerra y lo coloca sobre la mesa que hay junto a la puerta.
-A ti te hace más falta que a mí—dice-. Por favor, toma este fiel Martillo de guerra.
Puedes quedarte con el arma, pero sólo si la cambias por otra de las que tú tengas, pues es el único medio con que cuenta el ermitaño para defenderse del enemigo.
De nuevo das las gracias al anciano y bajas con cuidado del árbol para proseguir tu misión.

