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Instintivamente te agachas y te tiras al suelo para esquivar la saeta de la ballesta. El bandido dispara y notas que la saeta te roza el brazo izquierdo desgarrándote la manga del jubón. Das gracias a los dioses por tu buena suerte y echas a correr con toda la rapidez que te permiten tus piernas.
Los otros bandidos no tienen ballestas y pronto desisten de darte caza. Después de correr un buen trecho, les dejas muy atrás. Has perdido las armas y el equipo,5 pero no la vida.
Te detienes lo suficiente para vendarte el brazo herido y luego continúas caminando hacia las defensas exteriores de la capital.
