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El patio interior bulle de actividad. Los soldados de caballería esperan junto a sus inquietos caballos las órdenes que les transmiten los comandantes de sus unidades reunidos en el Gran Salón. A su vez ellos llevan esas órdenes con gran rapidez a los defensores de las fortificaciones exteriores. Tan pronto como unos parten, otros regresan, a menudo sin aliento y heridos.
Apenas si has dado media docena de pasos a través del patio cuando oyes una voz grave que retumba:
-¡Detengan a ese hombre!
